Iscarabaid


Recuerdo ahora una historia, que no sé si inventada por mi turbia y desbocada imaginación, o fruto de alguna leyenda urbana mal contada. Es la historia de Félix y su eterna condena.

Félix nunca amó. Se protegía bajo una coraza de hierro, con la cual aislaba sus sentimientos.
Se aislaba de la sociedad, de la gente, de su familia, hasta de sí mismo.
Nada conseguía penetrar esta dura coraza, forjada durante años con el más siniestro esmero.
Félix creía que así sería feliz, sin nada que le estorbase, sin nada que le llegara a dañar.
Nada podía penetrar esta dura coraza. Ni la más potente de las balas.
Pero poco a poco fue enmudeciendo. No necesitaba hablar con nadie, ni consigo mismo. Así que poco a poco, olvidó hablar.
Después, y progresivamente, fue perdiendo la vista, el oído, el gusto, el olfato y por el último, el tacto.
Solo existían él y sus pensamientos, turbados por la más oscura y profunda de las negruras.
Su voz interior le repetía continuamente que bajo esta coraza todo estaría bien, que estaría seguro de todo, protegido de todo.

Esta negrura se fue volviendo cada vez más y más negra. Todo estaba cubierto ahora de color negro, hasta su propia voz interior había sido enmudecida por tal negrura. Como un profundo agujero que lo engulle todo, engulló todos sus recuerdos, sus miedos, sus sentimientos, como cadáveres de estrellas apagadas, inertes en la inmensidad del espacio, absorbidas por este agujero negro. La más profunda y oscura de las negruras.
Ya no quedaba nada. No existía nada. El vacío. El negro y frío vacío.

Félix se había protegido de todo. De todo menos de él mismo.